Los pobres, de Roberto Sosa es un libro que recurre a lo concreto, no se refiere a los pobres de manera metafórica ni simbólica, se ciñe a la definición clásica de pobre: falta de recursos materiales. No romantiza a los pobres ni a la pobreza.

Desde su poema inaugural, Los pobres, trata de concretizarlos, de darles cuerpo: Seguramente / ven / en los amaneceres / múltiples edificios / dónde ellos / quisieran habitar con sus hijos (pág. 7). Pone en ellos además el deseo de un techo, o quizá de todo como en: Recorren con ojos dulces cuanto no tienen (pág. 27). El deseo remite ausencia, a la falta de algo, solo se desea lo que se necesita y no se tiene.

Crea también imágenes: Se marchan / en silencio a su pasado / iluminados / por las penumbras / que esparcen las botellas quebradas y no olvidan / que sus heridas / tiñeron de púrpura la túnica de la primavera (pág. 11). Quisiera hacer énfasis en las botellas quebradas, que transforman de manera sutil pero firme cualquier ambiente en una zona de peligro, peligro acentuado por la pobreza.

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Se puede afirmar que Sosa busca que la pobreza se vea, pero también busca que se sienta. Por eso insiste en crear imágenes para sostener el discurso social, político y hasta estético. En ese sentido Los pobres es circular y se mantiene sobre sí y solamente para sí.

El frío se usa también como símbolo de la desprotección, porque éste Penetra / en las chozas / con la tranquilidad / de los dueños / y abraza la belleza de los niños (pág. 13). Lo hace, digamos, sin recurrir al chantaje emocional, que es siempre una tentación en estos temas.

En el poema La casa de la justicia, Sosa utiliza la imagen de la serpiente y todo su valor simbólico para referirse a una de las realidades colaterales de la pobreza: la injusticia. Entré / en la Casa de la Justicia / de mi país / y comprobé / que es un templo / de encantadores de serpientes (pág. 22). Más tarde se referirá a los millonarios en el mismo tono de tangencial.

El poema La ciudad de los niños mendigos, funciona como una plegaria por los niños pobres, anhela pero no visualiza un futuro mejor. No se trata, entonces, de una plegaria esperanzada, se trata más bien de una plegaria plagada de dolor humano.

A pesar de este soporte material, Sosa habla de las otras pobrezas, que son dramatizadas y exaltadas por la falta de recursos: un niño, un anciano, una mujer, una campesina, un carbonero, una bestia, unos locos, unos enfermos, los indígenas, los indigentes… Son los pobres entre los pobres. Su desprotección se remarca. Hay una confluencia de pobrezas. Tal vez los versos iniciales hablan de los tipos de pobres, además de los millones de pobres.

Y la muerte se vuelve, en el discurso del poeta yoreño, la única manera en la que los pobres igualan a los no pobres y a los ricos: Definitivamente / los vivos no podrán destruir / la perfecta igualdad de los muertos (pág. 30), y hasta con una pequeña victoria: Quizá -me he dicho- las lápidas de los soberbios / no poseen la gracia del tallo de una flor (pág. 29).

Los pobres, logra el equilibrio entre la razón y la sensibilidad, entre lo material y lo metafísico, entre lo decible y lo indecible. Sin duda alguna uno de los aciertos más grandes de la literatura hondureña.

Josué R. Álvarez

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