Las mototaxis se han convertido en la última década y media en parte del paisaje de Tegucigalpa. Se supone que no transitan en los bulevares sino que dentro de las colonias o entre ellas. Sobre todo en aquellas más populares. Son muy apreciadas por los peatones porque sirven para superar cuestas empinadas y aunque sea en lo plano o en lo parejo, como decimos aquí, los caminos se vuelven no más cortos pero sí más breves.

Por cierto, en el Diccionario de americanismos y en el Diccionario de la lengua española aparece la entrada «mototaxi» con diferentes marcas diatópicas (en qué lugares se usan), pero aún no aparece Honduras entre estas marcas. La otra particularidad es que aparece nada más en su forma masculina «el mototaxi» y en Tegucigalpa se usa en su variante femenina «la mototaxi».

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Las mototaxis han heredado muchas cosas de los otros transportes públicos, como los buses y los taxis. Unas de ellas es que son «adornadas» con calcomanías o stickers que contienen o bien imágenes o bien frases; estas últimas suelen estar relacionadas con su quehacer, con algunos temas que son de su interés, con las mujeres, con tiraderas (peleas verbales) y nombres.

 Justo una palabra me motivó hablar de las mototaxis, digamos que en términos semánticos las palabras que se pegan a una mototaxi pertenecen a un dominio y un registro más callejero y menos formal, pero hace unos días descubrí que en una de ellas decía: «inefable», y pensé: «Esa es la mototaxi de Wittgenstein», quien encontró en lo inefable un concepto clave y quien decía que «de lo que no se puede hablar hay que callar».

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