Cualquier persona, por intuición, sabe que las palabras se componen de un significante y un significado. Es decir, los sonidos que decimos y escuchamos y los símbolos que leemos y escribimos deben referirse a algo, bien sea de manera general o bien de manera específica. Pero las reglas están para romperse.

En Hondureñismos, de Alberto Membreño, obra lexicográfica publicada en 1895, se habla de una palabra que no tiene significado. El que también fuera presidente de Honduras define así la palabra «andolas»:

«Buscar Andolas es una broma que usan en Danlí, en tiempo de Semana Santa. Consiste en enviar de un corrillo, a cualquier forastero que se encuentre en él a buscar andolas de casa en casa. Inútil es decir que aquella palabra nada significa».

Primero, llama mucho la atención que sea en una temporada específica. Esto podría llevar a pensar en un origen religioso, parecido quizá a la búsqueda del Niño Jesús robado en la época navideña. También sería plausible pensar que la razón obedece a que hay más extraños en el lugar para esas épocas.

Es de resaltar también que hay una especie de juego dialectal en esta costumbre de la que da cuenta Membreño: es común llegar a un lugar y no saber cómo se llaman algunas cosas, de lo contrario, nadie caería en la broma y nadie encontraría sentido en hacerla.

Se consultaron otras obras lexicográficas que recogen hondureñismos y no se encontró ninguna referencia a esta palabra. Por otra parte, el Diccionario de americanismos sí registra para el nordeste de Colombia la palabra andola, así en singular. La define de la siguiente manera: «Quehacer u ocupación que ha de hacerse». Podrían tener en común lo vago e impreciso, pero en definitiva no parece haber una relación muy clara.

El Tesoro de los diccionarios históricos de la lengua española recoge también esa forma (en singular), como sustantivo femenino, para referirse a una cancioncilla popular del siglo XVII. Esta definición es del Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936) y aporta dos menciones de Lope de Vega. A pesar de la búsqueda no se encontró referencia o definición alguna de esta cancioncilla. Sin embargo, las citas de Lope de Vega que aporta el Diccionario histórico de la lengua española (1933 – 1936), dan la idea del tipo de cancioncilla que era:

«Y en dos lascivos ayes,
andolas, guirigayes,
y otras tales bajezas» (Lope de Vega)

En otra mención:

«Quando cantando jácaras y andolas,
calva una piedra acicalaba Juana» (Lope de Vega)

Aunque no se encuentra mayor referencia a «andolas» sí que la hay de «guirigay», que según la marca etimológica del Diccionario de la lengua española se construye por imitación, es decir, onomatopeya, y significa «Gritería y confusión que resulta cuando varios hablan a la vez o cantan desordenadamente». Para «jácara» también hay varias acepciones, el Diccionario de la lengua española la define como romance, música para bailar, danza y tiene también una definición que incluye el alboroto y el canto alegre en las calles. Es de suponer que este las andolas tienen características similares.

 Este mismo diccionario histórico, pero en su versión de 1960 a 1996, define «andolas» en su primera acepción, como sustantivo femenino que refiere a una «canción festiva y trivial». Marca dos cosas: que se usa mayormente en plural, como en Hondureñismos, y con intención despectiva. Los ejemplos que se dan son del siglo XVII.

Pero más interesante es la segunda acepción: «Voz vacía de significado usada en canciones o en expresiones festivas». Es decir, un valor muy parecido al que originalmente se le da en Hondureñismos de Alberto Membreño.

Este diccionario recoge una definición de 1726: Voz voluntaria y que no tiene significado cierto, ni otro uso que el que le han dado los Poetas en estrivillos [sic] de coplas festivas. Del mismo modo da un ejemplo de uso en una canción popular: «Andar andola, / yo soy la más bonita / quando estoy sola».

No sería descabellado pensar que la broma a la que hace alusión Alberto Membreño tenga conexión directa con estas formas que se encuentran en registros del siglo XVII y XVIII.

Probablemente hay un camino que esta palabra recorrió  de un siglo a otro, de un continente a otro, de una situación a otra, y que hoy solo podemos sospechar y tal vez, con un poco de suerte y trabajo, dilucidar. Por cierto, de más está decir que lo más probable es que esta palabra está en desuso.

Josué R. Álvarez

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