Jugué en el famoso campo El Birichiche (Tegucigalpa) por primera y única vez cuando tenía once años.  Me enfundé la número 16 de aquel raído uniforme azul  que dejaba leer Coca Cola en su frontal y unos tenis que eran por lo menos una talla más grande que la mía. Creo que jugué diez minutos, pero recuerdo cada uno de ellos. Quisiera que no. Me colocaron de volante de marca y no fui capaz de detener a nadie. El técnico por el buen nombre de la institución decidió retirarme. Me uniformé hasta que mi escuela quedó eliminada, pero no jugué en ningún otro partido.  

En mi defensa era la primera vez que jugaba en esas condiciones, yo solo había jugado en el patio de mi escuela (con uniforme como Dios manda jugar en las escuelas) y en mi casa, solo, descalzo o en sandalias. También es cierto que la mayoría de los jugadores no pertenecían a la categoría de la competencia. Era para menores de doce; pero, por ejemplo, el capitán de mi escuela tenía al menos quince años. El truco era llevar partidas de nacimiento de niños más pequeños. Nadie verificaba eso.

El incidente no me rompió el ánimo porque era consciente de mi realidad, así que lejos de estar triste, estaba contento por haber jugado un rato, en una cancha de tierra, pero de verdad. Recuerdo que ese día jugué al llegar a la escuela —en la cancha de cemento como siempre—, y ahí sí, estaba imparable. Hasta dos botones de la camisa me rompieron. Además, ese día le había estrechado la mano al portero del que en ese entonces era mi equipo favorito.

No estoy seguro de por qué eligieron llevarme a ese torneo, yo no era particularmente bueno. Probablemente bastante malo, aunque jugar es una de las cosas que más me gusta hacer. Tampoco era amigo de los buenos, y mi escuela era muy grande como para que hubiera pocas opciones.  A veces pienso que fue obra de Nahúm —el capitán pasado de años—, que nunca se llevó conmigo, que nunca me pidió copia de las tareas ni ningún otro favor, pero siempre, en cada recreo, me elegía para su equipo.

Josué R. Álvarez

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