Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes cuenta una, dos, quizá tres historias. La voz que se escucha durante toda la novela es la de un pintor, Nicolás, que le cuenta, recuerda o remarca a una de sus hijas los acontecimientos que rodearon la muerte de Ana, su esposa. También la detención y los días en prisión de la hija a la que le cuenta la historia.

 No tiene capítulos, la historia solamente se deja caer acontecimiento tras acontecimiento. Eso provoca que sea muy difícil dejar de leer, además de que conserva la tensión durante las más de cien páginas que tiene el texto.

La novela del escritor español bien pode ser una enorme lección de tipos de narrador, porque funciona como una especie de caleidoscopio de estos. Es a veces primera persona, en algunas otras ocasiones es tercera persona testigo, y hasta se puede afirmar que es una especie de segunda persona. Esos cambios en la fórmula narrativa permiten saltar de la historia del pintor a la de su esposa y a la de sus hijas o de su nieta casi sin percibirlo.

Los personajes y sus emociones, e incluso su físico, se construyen a punta de acciones y actitudes. La una tras la otra, sin descanso. Una que otra oración de los personajes que se va formulando con el paso de las páginas, permiten ver sus pensamientos. La relación entre los esposos llega a ser entrañable.

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El final se adelanta, pronto se sabe que ella morirá, pero lo importante es el cómo. Y no solo eso, sino que no conocemos la reacción de él en el momento de su muerte. No hay vueltas de tuerca espectaculares y hechos inesperados. Se promete una muerte y se tiene una muerte, pero como lector se quiere conocer, por ejemplo, la reacción que tienen sus cercanos, en este caso su esposo o cómo ese hecho cambia sus vidas. Se puede considerar en ese sentido una novela aleccionadora sobre algunas formas de malentender la literatura como una caja de sorpresas.

Desde el punto de vista de la temática, él se siente desde hace algún tiempo como un pintor vacío, incapaz de superar lo que ya hizo, incluso, incapaz de hacer algo medianamente original. Quizás es por la enfermedad de ella, pero quizá no. Esa relación no es necesario que exista, y si existe es mucho más compleja de lo que se pueda suponer. Por si acaso, lo más simple sería pensar una cursilería, pero no es así de ningún modo.

Hay un acontecimiento que le da nombre al libro, hay un colega del protagonista que pinta a Ana, y nombra el cuadro así, Señora de rojo sobre fondo gris. Y no se sabe de qué, pero de algún modo Nicolás se siente celoso. Bien podría ser de cómo su colega pintó a su mujer como él nunca pudo lograrlo o bien de que la modelo haya sido su mujer. Quizá de las dos cosas, no es necesario que sea excluyente. Y tal vez de eso se trata la novela. Su esposa es una pieza fundamental en su quehacer artístico y su enfermedad le ha generado una crisis creativa, su falta es terrible, para el amor, y para el arte; posiblemente ambas cosas le preocupen por igual. Y no se lo puede culpar por eso.

Quizá hay más: el juego de matices de lo encendido del rojo y lo apagado del gris no puede ser casual. Ana, por ejemplo, era eso: fuerza, vitalidad, optimismo, valentía. En medio de la tristeza y la conmoción. Puede que el matrimonio haya sido así, pero tras la muerte lo es aún más. Ella, de rojo al frente y Nicolás al fondo, gris.

Josué R. Álvarez

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