El árbol de las brujas, de Ray Bradbury es una novela breve que relata las aventuras vividas por un grupo de niños en una noche de Halloween. Ellos, lógicamente, van disfrazados y se disponen a pedir dulces en las casas, pero esa noche les tiene preparado algo más.

Su intrepidez los lleva a una casa que es ciertamente aterradora, allí desaparece uno de ellos, el más alegre, el más vivaracho, el más querido. Y para buscarlo tienen que hacer un recorrido por diferentes épocas y diferentes culturas, de la mano de un peculiar personaje, que las hace de Virgilio (La divina comedia). Van al antiguo Egipto, Roma, Grecia, la Europa de la Edad Media y México. Sí, viajan en el tiempo y el espacio en la misma noche. Ven momias, druidas, sacerdotes, brujas (mis escenas favoritas) y fantasmas, entre otros personajes.

Bradbury hizo una especie de Halloween real y no solamente una celebración. Los chicos, claro que sintieron mucho miedo. Se hizo una especie de historiografía del terror. Los típicos disfraces tienen origen en diferentes momentos de la historia y en diferentes culturas. Y este es un hecho en el que no solemos pensar. ¿Será que siempre hemos buscado a qué tenerle miedo?

El clímax de la historia tiene lugar en México, cuando ya se está celebrando el Día de los Muertos, fiesta por la que se denota una especial afección en la historia. Se llega a afirmar que es el verdadero Halloween, o por lo menos más vistoso, por las luces y la comida tan colorida en los cementerios.

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No hay una gran construcción narrativa o una estructura que se luzca, es una novela lineal, pero hay que recordar de Bradbury que su principal acierto literario es la imaginación que imprime a sus historias, así que no hay ningún reclamo al respecto.

Después de la lectura de la novela me quedé pensando en como a estas dos celebraciones (Halloween y Día de los Muertos)  las suelen relacionar, pero en el fondo no se parecen en nada. Para los mexicanos y para América Latina en general, los muertos no representan terror, representan alegría y nostalgia de hacer memoria de los seres queridos. Por ejemplo, nadie pensaría a Coco, la película de Disney, como una película de terror; la pensamos como una película profundamente nostálgica y aleccionadora.

Esta es quizá una muestra de cómo dos culturas distintas se relacionan con el más allá. Sin duda, mi próximo otoño (en realidad donde vivo no hay otoño, pero suena bien) no será igual, cuando vea disfraces de orígenes tan distintos, pensaré en esta obra de Bradbury, y en las brujas de la Edad Media, que no podían hacer nada, que suena gracioso, pero en contexto es perturbador.

Josué R. Álvarez

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