Cada uno de los poemas contenidos en la publicación de Yonny Rodrígez (2019) Invierno interior lleva por nombre su primera palabra o en su defecto su primer sintagma nominal (decisión estética del autor), sin embargo, habría funcionado igual de bien que el nombre de cada poema fuese el último verso. Esa última idea, si es que ese puede disgregar en varias (ideas) los versos de poemas tan bien trabajados en su unidad, es un cierre seguro, armónico, que concluye severamente el crescendo del poema.

En el poemario el invierno es interpretado como un lugar, no como un espacio temporal. La primera vez que se habla directamente de él en el texto no se dice cuándo, se dice dónde: Invierno pertinaz donde / se tiene un talismán, un dios / al cual rezar… , es una especie de sinestesia que sin temor a forzar el texto también se puede visualizar en el primer poema porque cuando Rodríguez habla de arribar entiendo que arriba a los días, como si la medianoche fuese una frontera donde el yo poético que en este caso yo llamaría un nosotros poético, llega y se atiene al paso del tiempo, entonces la vida se convierte en un viaje de innumerables estaciones. El viaje no se hace solo porque la pluralidad se repite a lo largo de los verbos del poemario: arribamos, somos, cada uno, bajamos, queremos. La colectividad, diría yo, es uno de los ejes centrales en el discurso que el poeta nos propone.

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Si contrastamos esta insistencia del poeta en hablar de nosotros con el nombre del poemario se puede visualizar un oxímoron. Lo explico. Rodríguez habla de un invierno específico: el interior y si vagamos un poco por la familia léxica de interior nos encontraremos con intimidad que a su vez nos relaciona a la individualidad, la privacidad, la desnudez a la que solamente nos atrevemos en el interior de algo, de una habitación, por ejemplo. Entonces este conjunto de poemas es una intimidad colectiva. Habla de aquello que todos sabemos que somos, pero no nos atrevemos a decírnoslo los unos a los otros. Habla de lo que sería en un código religioso el pecado, inconfesable, pero común a todos.

El día que pasa (porque es su condición), la lluvia que pasa, la hora que pasa, el invierno (a pesar de ser un lugar) que pasa, el tiempo que pasa por el árbol, por la madera, por la barca, por la cruz, por las cosas amontonadas. En el conjunto de poemas se elabora una especie de campo léxico, donde las palabras entrelazan su significado en su naturaleza de pasajeras y a la vez perennes en la memoria. Aquello que hace posible que una lluvia que ya fue y que no existe más, permanezca en nuestra memoria. Es la conjunción de las cosas (temporales) y la memoria (duradera) la que construye una nostalgia. Y digo una porque no hay dos iguales.

Así gobierna al anhelo / el feliz relámpago. Es tal vez el par de versos que mejor resumen el libro y sus ideas torales, además de ser, a mi juicio, los mejores logrados de todo el poemario ¿Qué hay más fugaz que el relámpago que no olvidamos porque se propone como única luz en la noche más oscura del invierno y que a pesar de su brevedad nos gobierna?

Lo que pasa con el relámpago es común a todos, lo que sentimos al verlo y oírlo se desarrolla en lo más íntimo de nosotros y es a la vez una perfecta analogía de la vida: un conjunto de breves instantes guardados para siempre en la memoria cuyo gobierno es innegable.

Josué Álvarez