Debo confesar que leí El miedo del portero al penalti porque me gustan los títulos largos y que así, de golpe, me cueste mucho procesarlos. Luego porque su autor es un Premio Nobel de Literatura (Peter Handke, 2019), y no está mal leerlos. Además, me gusta el fútbol y, sobre todo, la literatura que se hace alrededor de él.

Lógicamente, no me esperaba una historia del tipo de Escape to victory, pero tampoco algo como lo que me encontré. Es una historia que se vuelve pesada porque no tiene ni partes, ni capítulos ni nada que la divida, no hay momento para parar. Parecido a lo que hace Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca y Miguel Delibes con  Los santos inocentes, pero sin la oralidad de ambas novelas, que es lo que hace que la lectura se aligere. El tiempo es manejado de una manera que puede parecer confusa, no hay claves claras de transición. Salvando las distancias de los métodos, recuerda a Conversación en La Catedral, pero sin la polifonía.

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El miedo del portero al penalti cuenta la historia de Bloch, un portero retirado que en su época de futbolista tuvo cierta fama, y que es despedido de su trabajo como mecánico, y a partir de allí vaga. Se deja distraer por el cine, los paseos, el amor y el crimen. Los acontecimientos lo devoran y él ni siquiera se da cuenta. Tampoco le importa.

Recuerda por algunos momentos a El extranjero de Albert Camus, de hecho, ambos personajes asesinan y actúan como si no lo hubieran hecho. No hay peso en la conciencia, no hay culpa. Aunque Bloch es muchísimo menos reflexivo que el señor Meursault.

A través de Bloch, Handke, hace muchísimas reflexiones sobre las palabras, los objetos, la realidad. Estaba tan cansado que percibía cada objeto por separado, sobre todo los contornos, como si en cada objeto existieran solamente los contornos. Veía y escuchaba todo directamente, sin tener, como le ocurría anteriormente, que traducirlo todo a palabras o percibirlo por regla general en forma de palabras o de juegos de palabras. Se encontraba en un estado en el que todo le parecía natural (Handke, 2006, pág. 116). A manera de un lingüista, Bloch contempla las palabras y se da cuenta de que a pesar de que son puente entre la realidad y la comprensión, en un estado mental más elevado, podrían llegar a ser obstáculo.

Es como si en el presente no fueran necesarias las palabras. Estas están hechas sobre todo para las ausencias, para el pasado y para el futuro. En la última etapa de la novela, Bloch, que se encuentra hospedado en un pueblo, sin razón aparente no para con sus reflexiones sobre la realidad.  

La obra de Handke abunda en descripciones precisas como: Abrió el grifo. Inmediatamente cayó una mosca del espejo, y en un momento el agua se la llevó (Handke, 2006, pág. 130). Es muy preciso cuando quiere, pero no logro descifrar si es también cuando lo necesita.

Otra particularidad del pensamiento sobre la realidad en Bloch es la idea de lo natural y lo antinatural; parece que interpreta el mundo como un teatro. ¿Hay algo de preparación escénica en lo que hacemos cotidianamente?: Mientras tanto el hombre había agarrado al perro del collar, y los tres: perro, hombre y niño, echaron a andar.  «¿A quién iba dirigida toda la escena», pensó Bloch […] Las escenas no resultaban naturales, sino que parecían como si hubieran sido preparadas para alguien con mucho cuidado? Tenían algún propósito (Handke, 2006, pág. 107).

Cada vez que en la novela el punto de vista roza la vivencia personal de Bloch, se torna así muy impresionado ante lo que le rodea. En cambio, con un asesinato hecho con sus propias manos no se conmueve, ni ante la posibilidad de ser capturado. Tampoco se inmuta cuando se encuentra al niño que todos buscan ahogado en el río; ni siquiera lo comunica. Sobre todo en la parte final recuerda a varias escenas como la del capítulo uno de Rayuela, protagonizada por Horacio Oliveira: Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado… y llegué a creer que me lo habían arrancado de la mano. […] entonces sin pedir permiso me tiré al suelo y empecé a buscar el terrón entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad (Cortázar, 1963, págs. 23-24). Esta escena tal vez manifiesta el absurdo del mundo, después la muerte es vista por esta personaje con cierta liviandad. Igual que Bloch.

Tal vez todas estas divagaciones, más propias de un estudiante de letras que de un exportero —perdón el prejuicio, he visto demasiado—, son solamente una manera de evadir el descargo de la sentencia del árbitro. El portero es el que siempre tiene las de perder, pero si la libra, será un héroe magnífico. Claro, del miedo no hay quien lo salve, a pesar de que no hay quien culpe a un portero porque le metieron un penal.

El miedo del portero al penalti es una novela a la que se le encuentra la gracia solamente si uno se detiene varias horas a pensar en ella o quizás en la escritura de un ensayo. Si alguien lo termina, y de una vez pasa a otro libro o simplemente lo olvida, es posible que considere que ha perdido el tiempo. Es un bocado que si se come un domingo por la tarde, el verdadero sabor lo sentirá tal vez el martes por mañana, y con suerte el lunes por la noche.

Josué R. Álvarez

También tiene una adaptación para cine de 1972, aquí te dejo un fragmento.

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