El relato de lo mítico en la literatura es esencial y también sagrado. Y a pesar de que todos los escritores han bebido de ella, no en todos los casos está bien manejada, sobre todo cuando es una referencia directa. Los ojos del otro Edén, de César Lazo, intenta proponer una lectura diferente del Génesis, sin embargo, no lo logra. Básicamente porque parece que lo único que varía son los nombres de los personajes. Adán es Tool y Eva es Ixel. A pesar de que al final del libro se le intenta dar una vuelta de tuerca a la historia, ya se ha perdido completamente el interés del lector. Lo mismo sucede con los textos de Caín y Abel y con el arca de Noé, no hay mayores variantes, solo se desarrolla la historia tal cual se enseña en el catecismo.

Cada capítulo (o lo que parece un capítulo) termina con la escena de un hombre que aparentemente está en el psiquiátrico y sueña en conjunto con alguien más, pero todo es tan confuso que si hay algo de valor en esta peligrosa recreación no se logra apreciar. A los hechos ya conocidos por muchos, no se les agrega nada.

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Juzgue usted, estas son las instrucciones que le da Dios a Noé en el Génesis: Hazte un arca de maderas resinosas. Haces el arca de cañizo y la calafateas por dentro y por fuera con betún. Así es como la harás: longitud del arca, trescientos codos; su anchura, cincuenta codos; y su altura, treinta codos (Génesis, 6:14-15). Estas cifras equivalen a ciento treinta y seis metros de largo, por veintidós de ancho, y trece metros de altura. Estas son las medidas que utiliza Lazo: Para evitar que se les introduzca el agua la calafatearas (sic) por dentro y por fuera. Quiero que la hagas de las medidas siguientes: De (sic) ciento treinta y cinco y medio metros (sic) por veintidós y medio de ancho, y trece metros y medio de altura, para que sean tres pisos (Lazo, 2013, pág. 48). Lo único que sucede aquí es que se empeora la expresión del texto.

Los problemas van más allá de lo poco original de la historia. La arquitectura de la palabra deja una deuda enorme con el lector. Las descripciones son, sino vagas por lo menos tristes y los acontecimientos van pasando todos con el mismo tono. El punto de vista va de un lado para otro, y no logré descubrir cuál era la intención. Algo parecido sucede con la voz del narrador. Esta pérdida del control de la narración desemboca, por ejemplo, en que el narrador use palabras como depresión, matriarcal y monogamia cuando el punto de vista, el tono y el contexto de la novela indican que están fuera de lugar.

A grandes rasgos se propone una especia de eternalismo, un permanente retorno, en el que Ñacabá (representación del mal), por ejemplo, se encarga de echar a perder una y otra vez el paraíso, e incluso logra visualizar la historia de la humanidad: Ahora ha regresado una vez más para evitar la perfección del hombre que ha sido puesto nuevamente en el jardín con el fin de recuperar la imagen y semejanza del Creador que lo protege (Lazo, 2013, pág. 21)

Hay textos muy buenos que trabajan directamente con el relato del Génesis. El paraíso perdido, de John Milton; El diario de Adán y Eva, de Mark Twain; y más cercano a nosotros El infinito en la palma de la mano, de Gioconda Belli, entre otros.

En resumen, es una novela de escaso valor, cansada para leer y aunque corta, se vuelve interminable. Y como siempre digo, no me gusta hacer malos comentarios, porque entiendo la crítica de otra manera, sin embargo, a veces no hay otro remedio.

Josué R. Álvarez