Qué triste la boda sin las hortensias

sin las margaritas, sin los claveles.

Qué tristes también los tristes pasteles

sin su azucarada gentil florencia.

Un novio sin rosas: la decadencia.

Y qué sombríos los finos hoteles,

el oro olímpico sin los laureles.

No hay lo magnífico ni la opulencia.

Reconfortan los blancos crisamentos

dispuestos en las negras sepulturas

como antes los floridos ornamentos

consolaron con sus suaves dulzuras

el roco llanto que a ratos violento

mojaban del féretro sus ataduras.

Josué R. Álvarez

2 de febrero de 2021