La historia de Ropero de la infancia, del ganador del Premio Nobel de Literatura, Patrick Modiano es sencilla e imprecisa, y allí radica su belleza. A Jimmy Sarano (o Joan Moreno), escritor de una radionovela, lo vemos desde lejos. La novela a pesar de estar escrita en primera persona parece que tuviera bloqueados algunos accesos a los sentimientos y los pensamientos de Jimmy. Aclaro que no se trata de ninguna amnesia. Es ese enclave del lector en la primera persona lo que provoca que a todos los personajes los veamos apenas, tal cual sucede en la vida real.

Ropero de la infancia, es de esas historias que se van desarrollando en lo oculto y solamente se le pueden ver algunas astas. Nunca sabemos exactamente quién es Marie, a pesar de que carga con gran parte de la novela, al menos hasta la mitad. Tampoco es exageradamente mística, es simplemente una chica con algunos problemas que es ayudada por un tipo que apenas conoce.

El caso de Rose-Marie y la niña es parecido. Los recuerdos son demasiado naturales, no existe ni la más mínima intención del narrador por terminar de aclarar quién era exactamente ella y lo que le sucedió. Esto a pesar de que los escribe. Quizá porque en parte a Jimmy no le importa demasiado. La antigua identidad del personaje nos coloca en una situación similar, sabemos gracias al periodista que pasó algo, pero no sabemos qué. Solo sabemos que huye, no precisamente de la justicia.

Todo este cristal empañado molestaría, si no fuera  por la buena pluma con la que Modiano construye su obra. Es una historia que para muchos podrá no quedar en nada, cortada antes de tiempo se podría pensar a priori, pero lo cierto es que la manera de narrar del francés nos pone en situaciones que funcionan como disparadores de la nostalgia y del anhelo. Nos saca del presente.

La novela de Modiano podría clasificarse de encantadora, y podría funcionar como un disparador para aquellas personas que aman las ciudades que permiten paseos por la playa al atardecer o para aquellos que disfrutan de la radio, las radionovelas y los amores, que como diría Silvio Rodríguez, no llegan a historias de amor.

Creo que el libro ha triunfado, cuando lo iba leyendo quería escuchar Radio Mundial, Las aventuras de Luis XVII, narrada en español por Carlos Sirvant. Tuve ganas de escuchar los anuncios de Llamadas en la noche, y preguntarme por la cestita escarchada cuando escuchara que preguntan por su paradero, y por todos los sinsentido que se dirán en la madrugada. Una radio así de particular enamora a cualquiera.

Ahora mismo no quiero dejar ni de pensar, ni de escribir sobre esa radio, y tampoco sobre la novela. Ese es el efecto de onda larga de la buena literatura.

Josué R. Álvarez

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