Víctor Manuel Ramos publicó en 1991 Aventuras de un globo terráqueo, un texto dirigido a niños (y no tan niños} cuya lectura me dejó muy conforme y contento. Ramos no se pierde en excentricidades ni experimentos, en sus seis capítulos el libro nos cuenta una historia sencilla, pero bien contada: un mágico globo terráqueo es descubierto por un chico y a partir de allí  el planeta en miniatura comienza a vivir  sus aventuras, que pueden ir desde ir a la escuela hasta orbitar el Sol como un planeta de verdad.  

En el texto, carácter didáctico, se abordan diferentes temas. Claro, ni modo que se escriba una historia cuyo protagonista es un planeta plástico en miniatura y no aprovechar para hacer conciencia sobre que es el único que tenemos y lo estamos destruyendo: En verdad el globo terráqueo estaba mutilado, y con aquel mar de confusión en sus nombre truncados, era difícil orientarse y muy sencillo perder el rumbo (Ramos, 1991, pág. 8). Aunque también se aprovecha para resaltar lo diverso y hermoso que es  nuestra casa común: Mario Fernando ponía el dedo en cada punto geográfico y podía escuchar el rumor de las olas del mar, sentir la bravura de las tormentas en la Amazonia, gozar el espectáculo de erupciones volcánicas de los Andes, perseguir a los elefantes en las sabanas africanas, […] (Ramos, 1991, págs. 15-16).

Ilustración de la edición de 2018 (Eloy Barrios)

El texto, si hacemos un esfuerzo por resignificar los hechos, también nos remite a que el color y la alegría la dan y la devuelven los niños, como sucede cuando las letras canónicas y serias son cambiadas por las alegres multicolores.

En Aventuras de un globo terráqueo, hay tiempo para ver el espacio, las estrellas y hasta de fantasear con la vida extraterrestre. También se le hace un hueco a la crítica social: observó en las ciudades a muchos niños andrajosos que piden monedas en lo sitios en donde los autos se paran frente a los semáforos en rojo (Ramos, 1991, pág. 35). Y hasta le hace un guiño crítico a la fonética unidireccional, a lo García Márquez o como en el esperanto: un sonido, una letra. Eso de paso es pretexto para unos datos de historia y filogenética.

Es un texto disfrutable y muy recomendable para leerse dentro y fuera de las escuelas.

Josué R. Álvarez

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