Era un señor alto y canoso, hasta su bigote y su barba de apenas unos días eran blancos. Vestía siempre con una camisa blanca de tirantes que descubría sus oscuros brazos. Lo recuerdo a diario con pantalones oscuros, un poco sucios de tanto hacer oficio, y en sandalias. De talante serio, pero amable. Y creo que tenía los ojos verdes, como su nieto Brayan (un compañero de clases de primer a tercer grado), aunque quizás estoy confundiendo las caras.

Yo nunca supe cómo se llamaba (o tal vez solo no lo recuerdo), pero a diario le aceptaba, al salir de la escuela, un vaso de agua muy fría, que contrastaba dramáticamente en mi pecho con el ardiente sol del mediodía. Y no solamente yo, el abuelito de Brayan siempre tenía más de una jarra de agua recién sacada del refrigerador para refrescar a los niños que salíamos de la escuela agobiados por el calor y por el sol. Funcionaba así: solo había que acercarse y tomar el agua que él ofrecía. Y a ninguno le cobraba.

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Poco nos importaba que solo hubiera dos o tres vasos disponibles (de esos promocionales de Coca Cola), por vencer el calor estábamos dispuestos a tomar donde otro había puesto sus babas. La costumbre llegó a ser tal que él a veces ni siquiera estaba presente para servirnos, solo lo dejaba las jarras en la champita donde vendía naranjas, y cada uno se despachaba.

No sé si más de veinte años después seguirá vivo, ya era un señor muy mayor en ese entones, y por eso hago este recuerdo de mi vida parte de mi anecdotario, para no olvidar cómo sabe la amabilidad. Y sé que más personas de los que él se imaginó alguna vez lo recuerdan por ese gesto tan amable y tan memorable.

Ahora me dio sed de agua fría.

Josué Álvarez