Normalmente los viajes se recuerdan por las grandes cosas que vivimos en ellos. Pero en mi caso uno de mis viajes favoritos no tiene nada que ver con la grandilocuencia. De hecho, fue a un lugar en el que no había casi nada que hacer, era un pueblo perdido en el norte de Petén, Guatemala.

Era abril de 2011 y el pueblo en el que estaba es conocido como La Gloria. Había sido una semana muy cansada, mi compañero de viaje se había enfermado del estómago y yo había decidió tener mucho cuidado con lo que comía, pues nos habían advertido que era muy probable que sucediera justamente eso.

Atendiendo unas ocupaciones religiosas llegamos casi a la medianoche, y era un pueblo sin ninguna luz artificial. Estábamos al aire libre y vi el cielo. Lo primero que me impresionó fue el aspecto que tiene el cielo sin ninguna iluminación obra de los humanos. Las estrellas parecen más, y se ven mucho más grandes. Pocas veces me he sentido tan pequeño.

Pero lo que más me impactó fue la Luna llena. Estaba enorme. Desde ese día no dejo de pensar en cómo se ve. He podido repetir esa experiencia en algún momento, pero esa primera impresión no me la he podido sacar de la cabeza. Además, esa Luna, por ser Luna llena de Pascua tenía un valor para mis creencias y prácticas religiosas.

Desde entonces le escribo a la Luna, desde entonces sé que aún detrás de la tormenta está allí, que la veré después de las noches opacas y nubladas. Y que en algún lugar del planeta alguien la puede disfrutar en su plenitud. Desde entonces amo las noches de verano. Por supuesto que corrí a buscar “Sueño de una noche de verano”, y la leí. Y entendí que las noches de verano son más hermosas solo porque nos descapotan el cielo.