A pesar de que Salvador Madrid insiste en el prólogo del poemario Mientras la sombra, en que no hay un hilo conductor, y que se trata más bien de un libro de carácter fragmentario, sí es posible identificar algunos elementos unitarios. Estos se van forjando por repetición, por acumulación o por la transformación propia de los elementos.

La ceniza, una que —en un oxímoron— es capaz de la luz, aparece en los primeros poemas. En Ordenanza del caído, se dice: El mar está lejos de este imperio que la ceniza ilumina (pág. 18), y en Desde los escombros, se propone: Alguien incinera su llanto / para iluminar un reino entre jardines anclado (pág. 25). Las cenizas a veces solo se imaginan: No hay un país / solo una tierra / unida al cielo por las humaredas (pág. 26). Esta figura vuelve a aparecer en Sueña sed: Una tierra fue mía, antes. / Hoy poseo el jirón de su ceniza (pág. 29). Y después de todo, las cenizas son vistas más como pasado que como presente, porque lo valioso para la humanidad es el elemento anterior a ellas: la madera, el papel o el bosque.

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La iluminación ceniza conseguida a través de ese planteamiento, acaso irónico, no está sola. Hay más luz, a veces capaz de la ceguera, a veces —por hermosa— incapaz de ella: Un traje de polen para endulzar esta luz / demasiado hermosa para la ceguera (pág. 15).

El amor, los vestigios y las heridas evidencian su relación en el poema Cábala, sin embargo, están presentes de unas formas a veces más sutiles y a veces más descaradas en el poemario, antes y después. Con palabras está forjada la gloria / el amor con vestigios (pág. 19), es decir, que en el discurso lírico de Madrid, no se ama el presente, sino lo que fue o lo que se ha construido. De ahí quizá la insistencia en la herida y en el rasguño, que son al fin y al cabo solo rastros o marcas de la acción pasada: No deseo vivir en paz, lejos. / Aquí está el filo de la herida que me inventa (pág. 39). Recuerdan estas referencias a la idea de que el amor es un a pesa de… Mientras la sombra, planeta un gusto humano por la nostalgia.

A partir de Confines, el poemario trabaja la idea de país. Aunque a sus costas llegamos en el alba, / no es el país de la infancia, ni de los sueños / es el lugar de una oculta expulsión (pág. 27), y en medio de ese colectivo aparece el individuo, entendiéndose pobre y pequeño, aún ante lo ya pobre y pequeño: Los caminos serían igual de polvorientos / sin mis pasos (pág. 28). En Relación del solitario se afirma: Yo era un murmullo más en aquel  mundo (pág. 31). Esta idea también se expresa en los versos: El polvo no perdona nuestra ambición / de ser eternos como él (pág. 28). Parece que Madrid nos dijera pasajeros, efímeros, dentro de un mundo igualmente pasajero y efímero, pero tal vez un poco menos.

Los últimos poemas del libro, que bien podríamos llamar una segunda parte, tienen un lenguaje poético distinto a los primeros. Son versos que transmiten una experiencia más viva. Efímera, Tesis sobre los ángeles, Dos veces el invierno y Crónica sin cometa, se perciben no más honestos, no más reales, pero sí con una experiencia de vida más de carne y hueso.

Mientras la sombras, es un poemario que recuerda a Sísifo y a Camus.  Porque a pesar de que somos fuegos condenados a la ceniza seguimos ardiendo.

Josué R. Álvarez

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