Como es costumbre, Jorge Medina García nos presenta en su libro El amor no es una golondrina de verano (2023) a personajes, fieles espejos de una sociedad decadente: verdaderas ratas de alcantarilla, canallas, aves de rapiña, pícaros empedernidos, políticos que navegan entre lo inepto, lo inocente y lo soez, o simplemente seres humanos que sucumben a su pequeñez y viven con mayor o menor dignidad la consecuencia de sus errores.

La colección de catorce cuentos de Medina son una especie de caleidoscopio de la vida hondureña, hace foco en aquellos aspectos que son difíciles de ver, no por incapacidad, sino por la vergüenza que causan. No se percibe ningún interés de denuncia o aleccionador en los cuentos, más bien una sátira sin mayores reparos, una crítica severa.

De manera más o menos frontal se trata la violencia, la miseria, la pandemia, el machismo, la migración, la actitud de los migrantes, las inundaciones, la corrupción y, por supuesto, el amor y el desamor. Siempre desde una historia mínima, la punta del iceberg, eso es todo lo que magníficamente se muestra.

Pero yo no me atrevería a afirmar, a pesar del título, que el amor fuera el gran tema del libro. Diría que son las oscuridades humanas que solemos llamar amor o en su defecto, como estas oscuridades opacan el verdadero amor, bajo el supuesto de que este exista. En El vientre de la noche, surge la pregunta: ¿qué es eso que se siente cuando solo se ha pasado una noche, un par de horas con una persona?, ¿permite la semántica calificar eso como una forma vaga de amor?, ¿o simplemente es una reacción que tiene sentido si revisamos todas nuestras debilidades?

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Parejas y Hasta que te conocí, son historias de infidelidades y trae de nuevo la pregunta si eso es de alguna manera compatible con el amor. Puede ser que simplemente sean nuestra debilidades humanas y apegos aflorando; y que esos frutos sean mal llamados amor.

De las decepciones primeras, por ejemplo, nos muestra ese “amor” oscurecido por la inexperiencia, la ansiedad y el apego enfermizo. En Bohemia, el amor queda por debajo del dinero, se diría que se puede vender. Surgen, entonces, las preguntas: ¿qué significa que a uno le importe una persona?, ¿qué es querer a una persona?, ¿el amor, de verdad implica estar?, ¿puede un tarado emocional amar?

Si tuviera que calificar con un adjetivo a los personajes desde el punto de vista técnico, diría que son templados. Tienen suficientes aristas como para distinguirlos y valorarlos, pero ninguno de ellos es exagerado o caricaturizado, y ninguno de los cuentos necesita que sean así.

De nuevo aparece en la narrativa de Medina García el pueblo de Santa Genoveva de los
Baños, ese pequeño universo que se ha creado publicación tras publicación. Siempre tiene ese tono de lugar criollo, inocente, nostálgico y sufrido, sobre todo por los gobernantes que ostentan el poder. Tan parecido a cualquier lugar de América Latina. Es de suponer que Santa Genoveva de los Baños es ningún lugar y cualquier lugar también.

Como es natural en la literatura, en la buena literatura, nos quedan muchas preguntas y quizá muy pocas respuestas o ninguna. Los personajes se quedan con ellas también, quizá en la habitación de un hotel, en el patio de su casa viendo un jarrón o viendo la pantalla de un teléfono. Y capaz que el lector se siente igual que el personaje, solamente que el lector de algún modo disfruta ese sinsabor: un verdadero logro. Un escritor que consigue ese efecto, no tiene más que pedirle a la literatura.

Por eso es tan acertado el epígrafe que aparece en las primeras páginas del libro: «El amor es algo más allá de una pequeña pasión o de una grande. Es más, es lo que traspasa esa pasión, lo que queda en el alma de bueno, si algo queda, cuando el deseo, el dolor, el ansia, han pasado», Carmen Laforet.

Josué R. Álvarez

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