Parece que Víctor Manuel Ramos no pierde oportunidad para introducir a los niños a  la reflexión temas complejos. En El ratoncito gris les habla de la migración, del campo a la ciudad en este caso y de los cambios en el medio ambiente.

En esta entrega de 1997, Ramos nos presenta a un personaje que puede surgir de un juego semántico: un ratón que devora (literalmente) libros. Convierte la connotación (el hombre que devora libros) en una denotación (el ratón que devora libros]) y en luego en connotación nuevamente (el ratón que devora libros); un recurso que no es extraño en la literatura infantil. O tal vez debemos pensar en un ratón de biblioteca, que seguiría el mismo proceso explicado hace poco, de ser una connotación usada por los humanos (sos un ratón de biblioteca) surgida de una característica denotativa de los ratones (esconderse en las bibliotecas) , y que se aprovecha para crear una nueva forma de la denotación (un ratón de biblioteca).

Ilustración inserta en el texto. Eloy Barrios Alayón.

En el libro se aprovecha la coyuntura para introducir nombres de autores literarios, los nombres y las explicaciones de los instrumentos musicales, algunos detalles sobre los ratones, y el ciclo del agua. Esto se hace de manera muy orgánica, en ningún momento se siente forzado o pegado con goma en el texto. El autor usa el recurso de la ignorancia del personaje animal sobre las cosas del mundo humano y las explicaciones que se le dan para a su vez explicárselo al lector. Se dice quizá lo suficiente como para que un niño poco curioso quede satisfecho, pero uno un poco más curioso salga a buscar más.

Desde el punto de vista del uso de la palabra, al inicio el texto tiene una musicalidad particular que va perdiendo con el paso de las páginas, pero esto no debe ser entendido como una crítica negativa, me parece que es un hecho bastante natural. Con ilustraciones incluidas el libro tiene más de setenta páginas y seis partes, y  no se puede pretender que se mantenga así. Ese inicio lírico sería sano mantenerlo solo si fuera un texto más corto. Es probablemente un buen «enganche».

Como la historia está novelada tiene una fuerza centrífuga, lo que hace que casi cualquier final sea aceptable, y es lo que sucede. El trabajo duro lo realizó Ramos al inicio, al empatizarnos con un ratón que se come los libros y luego los roba para leerlos. Le lectura se continúa por cariño más que por curiosidad. Tiene esa estructura tradicional del héroe que sale, se encuentra unas dificultades y las supera, y la desarrollada orgánica y armoniosamente. L

Algo que sí es curioso es que solo el poeta y Mario Fernando su hijo parecen no espantarse con el ratón. Es posible que sea casual, pero también es probable que haya algo de trabajo simbólico al respecto.

Creo que se trata de una muy buena entrega. Se trata de un muy buen aporte a la literatura infantil y juvenil.

Josué R. Álvarez

Portada del libro